Man wearing a hooded jacket using a smartphone on a wet city street at dusk

Nuevas rutas para combatir la extorsión

El fenómeno de la extorsión ha dejado de ser una amenaza aislada para convertirse en un sistema de extracción de riqueza que afecta la dinámica económica del país. A diferencia de otros delitos de alta visibilidad, esta actividad se ha integrado en la cotidianidad de diversos sectores productivos, operando bajo una lógica de control territorial que exige un análisis profundo y nuevas estrategias de intervención estatal que superen el enfoque punitivo tradicional.

En la actualidad, la extorsión no se limita a grandes estructuras criminales, sino que presenta una amplia base de organizaciones de pequeña y mediana escala. Estos grupos han logrado arraigarse en espacios específicos como mercados, paraderos de transporte y corredores comerciales, donde identifican a emprendedores que operan con escasa protección formal. Para estos actores delictivos, el territorio es un espacio de explotación económica; cualquier actividad que genere ingresos se convierte en una víctima accesible. Esta fragmentación del delito dificulta la respuesta policial convencional, ya que la amenaza no proviene de un único centro de mando, sino de múltiples facciones dispersas que dominan manzanas o calles específicas.

Un obstáculo crítico en la contención de este avance es la dependencia de la denuncia ciudadana para activar la acción penal. El temor a represalias y la desconfianza en la reserva de la información personal frenan la participación del agraviado, dejando al Estado sin la «noticia criminal» necesaria para intervenir. En este contexto, surge la necesidad de fortalecer los mecanismos de inteligencia para que puedan actuar de oficio. Permitir que los informes de inteligencia policial activen investigaciones fiscales sin requerir una denuncia presencial podría ser una ruta efectiva para desarticular bandas antes de que consoliden su control sobre un área determinada.

Esta falta de seguridad efectiva ha derivado en una preocupante institucionalización del pago de cupos. Diversos sectores empresariales, ante la necesidad de continuar sus operaciones, han optado por integrar estos pagos ilícitos en sus estructuras de costos bajo conceptos como la «paz social». Este escenario se ve alimentado por la precariedad en la fiscalización de servicios de seguridad privada informal y el uso de herramientas financieras digitales. Las billeteras electrónicas, si bien son motores de inclusión financiera, también ofrecen ventanas de oportunidad para el movimiento ágil de capitales de origen ilícito, dificultando el rastreo del dinero cuando se utilizan redes de transferencias entre desconocidos.

Hacia adelante, el desafío implica transitar de una respuesta basada exclusivamente en estados de emergencia hacia una gestión inteligente del territorio. Proteger las rutas de transporte y los conglomerados comerciales requiere un esfuerzo coordinado que involucre no solo a la policía, sino también a los gobiernos locales y al sector privado. Identificar los flujos financieros y los mecanismos de control territorial es el primer paso para diseñar políticas públicas que devuelvan la previsibilidad y la seguridad al entorno productivo nacional.