Escribe Alonso Flores Macher
En un contexto donde la inseguridad ciudadana es la principal preocupación, la tentación de caer en el «inmediatismo» o en soluciones cosméticas es alta. Sin embargo, para obtener resultados reales, debemos transitar de la mera intuición hacia una gestión técnica basada en evidencia. Compartimos cinco ideas fuerza indispensables para diseñar políticas públicas que realmente funcionen.
1. El Triángulo Estratégico: Más allá de la buena idea El objetivo final de cualquier administrador público debe ser la creación de valor público: servicios de calidad que el ciudadano valore. Sin embargo, una política brillante en el papel está destinada al fracaso si no considera el «Triángulo Estratégico» de Mark Moore. Para que una intervención sea exitosa, debe alinear tres vértices:
- Valor Público: El beneficio claro para la sociedad.
- Capacidad Operacional: Viabilidad técnica y presupuestal. No basta con crear un grupo especializado si no tiene recursos o sostenibilidad.
- Legitimidad y Apoyo: Viabilidad política. Si los afectados o beneficiarios no creen en la medida, esta carecerá del soporte necesario para perdurar.
2. Enamórese del problema, no de la solución Existe un vicio frecuente en la gestión pública: obsesionarse con soluciones tecnológicas o compras de equipamiento antes de entender qué se quiere resolver. Siguiendo la lógica atribuida a Einstein, si tuviéramos una hora para salvar el mundo, deberíamos pasar 55 minutos definiendo el problema y solo 5 en la solución. Herramientas como el «Árbol de Problemas» o los «5 Porqués» son vitales. Por ejemplo, ante la falta de patrullaje, no se trata solo de comprar más vehículos, sino de entender por qué los efectivos no están en los puntos calientes. A menudo, la causa raíz son incentivos estructurales deficientes o falta de monitoreo, no la escasez de autos.
3. El arte de reenfocar para innovar A veces, el problema parece imposible de resolver por falta de recursos (por ejemplo, «el ascensor es muy lento y no hay dinero para un motor nuevo»). Aquí es donde la gestión pública debe ser creativa: al reenfocar el problema hacia la experiencia del usuario («la espera se siente larga»), surgen soluciones viables y económicas, como instalar espejos o música. En seguridad, esto implica ampliar los límites de lo posible redefiniendo nuestros objetivos para encontrar nuevos canales de solución más accionables.
4. Teoría del Cambio y Evidencia: No reinventar la pólvora No necesitamos empezar de cero. Existen repositorios globales (como el Crime Reduction Toolkit) con evidencia de qué funciona y qué no. Toda intervención debe tener una Teoría del Cambio clara: una narrativa lógica que explique cómo, si hacemos «A» (actividades e insumos), lograremos «B» (impacto),. Si esta cadena lógica no está sustentada en evidencia, corremos el riesgo de implementar medidas inocuas o, peor aún, perjudiciales.
5. Evaluar Impacto, no solo cumplimiento Finalmente, debemos abandonar la cultura del reporte burocrático donde el éxito se mide por «gasto ejecutado» o «talleres realizados». El verdadero monitoreo debe generar aprendizaje. La pregunta no es si se sectorizó la comisaría, sino si bajó la victimización o la percepción de inseguridad. Necesitamos evaluaciones de impacto rigurosas —similares a las pruebas médicas de una vacuna— que nos permitan aislar el efecto de nuestra política y corregir el rumbo a tiempo,.
En la gestión de seguridad, debemos diferenciar entre lo que suena «interesante» (o mediático) y lo que es realmente útil y relevante para el ciudadano. La profesionalización de la seguridad pública requiere menos olfato político y más rigor técnico: definir el problema, basarse en evidencia y evaluar resultados para dejar de disparar al aire.

