Paraíso es un centro poblado en el departamento de Huánuco. A mediados de los años 80, fue un punto de encuentro sangriento entre el terrorismo y el narcotráfico. Era el centro de operaciones de alias “Machi”, uno de los más importantes narcotraficantes del Alto Huallaga. Para quienes conocen del tema, Machi fue uno de los primeros narcos peruanos que intentaron expandirse al mercado global. Testimonios relatan que en Paraíso aterrizaban aviones de gran envergadura, dejando dinero y despegando con toneladas de pasta básica de cocaína. En algún momento de esta historia, la fortaleza de Machi en Paraíso fue asediada por el camarada Artemio y Sendero Luminoso, en su pretensión de controlar el narcotráfico en el Huallaga. Si bien ambos personajes sobrevivieron, los detalles de este asedio revelan alianzas poco santas, pero muy propias de uno de los momentos más violentos de nuestra historia contemporánea.
Paraíso también fue uno de los últimos centros poblados a los que Artemio ingresó con una columna de senderistas antes de ser capturado. Ciertamente debilitado, reportes periodísticos señalan que buscaba recuperar territorio y contener a sus enemigos del VRAEM. Recuerdo haber llegado a Paraíso unos meses después de esa incursión y ver las pintas tachadas en las paredes de la municipalidad, mientras nuestros anfitriones nos comentaban los detalles de su intercambio con la comunidad. A diferencia de años pasados en los que muchos guardaban silencio, ya se escuchaban voces críticas a un Artemio que se oponía a los proyectos de desarrollo. La pérdida del respeto local fue clave para su posterior captura en 2012, gracias al valeroso y sostenido trabajo de nuestras fuerzas del orden.
Poco después se levantó en el Alto Huallaga un Estado de Emergencia que duró demasiadas décadas. Además, el “Milagro San Martín” irradiaba sus resultados. Los cultivos ilícitos de hoja de coca destinados al narcotráfico se redujeron constantemente hasta cifras ínfimas para lo que alguna vez fue el bastión del narcotráfico peruano. Se logró ingresar al Monzón, la última de las fronteras en esta empresa. El café, el cacao y la palma aceitera prometían ser el nuevo motor económico y proyectar al Alto Huallaga al mundo como una región pacificada. La presencia del Estado y la cooperación internacional fueron vitales para alcanzar esta meta.
Hoy, 12 años después de la captura de Artemio, las evidencias vuelven a alertarnos del enorme problema que significa para nosotros el crimen organizado. Esta vez, los frentes son diversos. No solo tenemos 95 mil hectáreas de hoja de coca que van casi en su totalidad al narcotráfico. No teníamos tanta capacidad de producir cocaína desde hace casi 30 años. Además, un tercio del oro que exporta el Perú no tiene una explicación clara, por lo que se sospecha que tiene origen ilegal. Se movilizan casi 600 millones de dólares al año en contrabando y miles de metros cúbicos de madera ilegal salen de nuestros puertos anualmente. En paralelo, los asaltos, extorsiones y secuestros ahogan a nuestros emprendedores: miles de bodegas se cierran al año como consecuencia de la extorsión. Ya se cuentan por cientos las víctimas de estas redes criminales, sean defensores ambientales o emprendedores locales.
Lejos de salvarnos de este infierno, nuestros legisladores deciden flexibilizar los controles de los mineros que disponen de explosivos de manera irregular, y proponen no reconocer como organizaciones criminales a los corruptos y extorsionadores. Abren las calles al transporte informal, mientras facilitan la deforestación de la Amazonía. También ponen la puntería a la pérdida de dominio, uno de los instrumentos más eficaces para enfrentar a las organizaciones criminales en el país. En lo que parece una gesta de algunos para salvarse de futuras responsabilidades penales, nos dejan a merced del violento accionar de una enorme multiplicidad de organizaciones criminales.
Qué lejos estamos de esperar que nuestros representantes nos protejan. Que su accionar esté alineado con nuestro crecimiento y desarrollo. Que las regulaciones promovidas sirvan para que el Megapuerto de Chancay, la ampliación del Jorge Chávez y varios otros proyectos fueran oportunidades para todos los peruanos. Que generen las condiciones para aprovechar el creciente precio del oro y el cobre para solventar las reformas sociales, educativas e institucionales que necesitamos. Que trabajen para convertir al Perú en un paraíso para las inversiones que redunden en mejoras sostenidas para el país.
Por el contrario, no falla la intuición de quienes se preguntan si transitamos a ser un refugio para el crimen organizado en América Latina. Además de caminar galopantes a ser un hub de insumos (madera, oro, cocaína) y servicios (lavado de activos, falsificación) para las organizaciones criminales en la región, estamos gestando las condiciones legales e institucionales para la absoluta impunidad de estas redes delictivas transnacionales. Estamos lejos de los pequeños logros que hace unos años parecía que conquistamos. En su lugar, nos acercamos peligrosamente y con rumbo fijo -y quién sabe por cuánto tiempo- al paraíso equivocado.
(Publicado el 16 de junio en El Comercio)

